A TI, DIOS ETERNO,
Tuyas son la grandeza insuperable, la bondad inefable

y la gracia sobreabundante.
Tantos son tus favores para conmigo que enumerarlos sería
como contar granos de arena en una playa.

Solo conozco una parte, pero esa parte ya excede toda alabanza.
Te doy gracias por tus misericordias personales:
una muestra de salud, la preservación del cuerpo,
las comodidades de la casa y el hogar,
la comida y el vestido suficiente,
el mantenimiento de mis facultades mentales,
mi familia, su ayuda y apoyo mutuos,
los deleites de la armonía y la paz domésticas,
las sillas ocupadas que podrían haber estado vacías,
mi país, la Iglesia, la Biblia, la fe.
¡Pero cómo lamento mi pecado, mi ingratitud, mi vileza,
los días que aumentan mi culpa,
los momentos que atestiguan mi lengua ofensiva!
Todo lo que hay en el Cielo, en la tierra,
a mi alrededor y dentro de mí, me condena:
el sol que ve mis faltas,
las tinieblas que son luz para ti,
el cruel acusador que me imputa justamente,
los buenos ángeles cuyo abandono he causado,
tu rostro que escudriña mis pecados ocultos,
la ley justa, tu santa Palabra,
mi conciencia cargada de pecado, mi vida privada y pública,
mi prójimo, yo mismo…
todos escriben con tinta negra, contra mí.
No les refuto, ni alego excusa alguna, sino que confieso:
«Padre, he pecado».
Sin embargo, sigo vivo y corro arrepentido hacia tus brazos extendidos;
no me rechazarás, puesto que Jesús me acerca a ti,
no me condenarás, puesto que él murió en mi lugar,
no tomarás en cuenta mis montañas de pecado,
puesto que él las allanó
y su belleza cubre mis deformidades.
Oh Dios mío, me despido del pecado aferrándome a su cruz,
escondiéndome en sus heridas y refugiándome en su costado.


IMAGEN: Martin Jernberg en Unsplash

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